INTRODUCCIÓN 

 


 

INTRO

Esta constitución, la cual ha sido promulgada el 01 de diciembre, se compone de una primera parte sobre la vocación del hombre y una segunda sobre algunos problemas urgentes.

Una introducción describe primero el estado actual del mundo, con sus transformaciones profundas, sus esperanzas y sus ansiedades. La Iglesia quiere captar todo lo que es un signo de la presencia y la voluntad de Dios en los acontecimientos, las necesidades y aspiraciones de los hombres. Se quiere juzgar a la luz de la fe los valores que la gente de hoy cree. A estos valores quiere volver a conectarlos a la fuente, que es Dios, lo que implica la rectificación de las desviaciones causadas por el pecado.

La primera parte de la Constitución responde a algunas preguntas: ¿Qué piensa la Iglesia de la dignidad del hombre (capítulo 1)? ¿Qué cosas deberían ser recomendadas para la construcción de la sociedad moderna (cap. 2)? ¿Cuál es el sentido último de la actividad humana (cap. 3)? El capítulo 4 muestra cómo el Pueblo de Dios y la humanidad en la que este pueblo se inserta, se ayudan mutuamente, de modo que la misión de la Iglesia es profundamente religiosa y profundamente humana.

La segunda parte estudia la dignidad del matrimonio y la familia, la promoción de la cultura, la vida económica y social de la comunidad política, y, finalmente, la paz y la promoción de la comunidad de naciones.

"A partir de estas premisas, aunque consciente de sus limitaciones, la Iglesia en todo esto se propone un objetivo: ayudar con su luz donde se pueda, ayudar con su esperanza, su mano en la mano de los hombres, abiertamente, para salvar al hombre "(Mons. Garrone, Arzobispo de Toulouse, en la presentación del esquema)

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO IV

MISIÓN DE LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO

Relación mutua entre la Iglesia y el mundo

Ayuda que la Iglesia procura prestar a cada hombre

41. El hombre contemporáneo camina hoy hacia el desarrollo pleno de su personalidad y hacia el descubrimiento y afirmación crecientes de sus derechos. Como a la Iglesia se ha confiado la manifestación del misterio de Dios, que es el fin último del hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la propia existencia, es decir, la verdad más profunda acerca del ser humano. Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos los alimentos terrenos. Sabe también que el hombre, atraído sin cesar por el Espíritu de Dios, nunca jamás será del todo indiferente ante el problema religioso, como los prueban no sólo la experiencia de los siglos pasados, sino también múltiples testimonios de nuestra época. Siempre deseará el hombre saber, al menos confusamente, el sentido de su vida, de su acción y de su muerte. La presencia misma de la Iglesia le recuerda al hombre tales problemas; pero es sólo Dios, quien creó al hombre a su imagen y lo redimió del pecado, el que puede dar respuesta cabal a estas preguntas, y ello por medio de la Revelación en su Hijo, que se hizo hombre. El que sigue a Cristo, Hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre.

Apoyada en esta fe, la Iglesia puede rescatar la dignidad humana del incesante cambio de opiniones que, por ejemplo, deprimen excesivamente o exaltan sin moderación alguna el cuerpo humano. No hay ley humana que pueda garantizar la dignidad personal y la libertad del hombre con la seguridad que comunica el Evangelio de Cristo, confiado a la Iglesia. El Evangelio enuncia y proclama la libertad de los hijos de Dios, rechaza todas las esclavitudes, que derivan, en última instancia, del pecado; respeta santamente la dignidad de la conciencia y su libre decisión; advierte sin cesar que todo talento humano debe redundar en servicio de Dios y bien de la humanidad; encomienda, finalmente, a todos a la caridad de todos. Esto corresponde a la ley fundamental de la economía cristiana. Porque, aunque el mismo Dios es Salvador y Creador, e igualmente, también Señor de la historia humana y de la historia de la salvación, sin embargo, en esta misma ordenación divina, la justa autonomía de lo creado, y sobre todo del hombre, no se suprime, sino que más bien se restituye a su propia dignidad y se ve en ella consolidada.

La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos. Debe, sin embargo, lograrse que este movimiento quede imbuido del espíritu evangélico y garantizado frente a cualquier apariencia de falsa autonomía. Acecha, en efecto, la tentación de juzgar que nuestros derechos personales solamente son salvados en su plenitud cuando nos vemos libres de toda norma divina. Por ese camino, la dignidad humano no se salva; por el contrario, perece.